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8/9/2009 ViajarConocer mundo. Visitar lugares. Recorrer caminos. Descubrir rincones. Viajar. A pie o motorizado. Solo o en compañía. Con o sin presupuesto. Todas las opciones son válidas para conseguirlo. Tan sólo hace falta una mínima disponibilidad de tiempo y una gran dosis de voluntad para decidir lanzarse a la aventura. Y, sobre todo, estar preparado para cualquier eventualidad. Porque viajar es, siempre, una pequeña (o gran) aventura, en la que el desconocimiento del lugar, de los usos y normas que lo determinan, de las circunstancias temporales y espaciales en que te encuentres, pueden condicionar el resultado del viaje. Por lo que vale la pena preparar la expedición lo más posible, conscientes de que -una vez allí- surgirán nuevas variables no contempladas que te obligarán a improvisar sobre la marcha.
Porque esos preparativos pueden valer la pena casi tanto como el viaje en sí. Y me lamento, ahora, de no haber podido/sabido aprovechar esa oportunidad en nuestro reciente viaje a los EEUU. A menudo, las obligaciones de cada día (¡viva la excusa perfecta!) te impiden derivar tiempo para los objetivos personales. Con todo, soy consciente que esa falta de organización es elemento común de mi carácter, y he de reconocer que el resultado final ha sido, pese a ello, más que provechoso. Naturalmente, unos mínimos elementos son necesarios para poder desenvolverse por tu destino sin mayores dificultades, y esa "hoja de ruta" quedó determinada hace ya bastante tiempo, por mucho que hayamos tenido que irla variando in situ a tenor de las circunstancias de cada momento.
Sabíamos, aproximadamente, cuáles eran los lugares que íbamos a visitar, los días con los que contábamos para ello, las distancias que tendríamos que recorrer y los puntos de interés que podríamos encontrar en cada uno de nuestros destinos. Teníamos, a priori, hechos unos planes respecto de la organización del viaje y, aunque posteriormente esos planes se truncaran y hubiéramos de improvisar alternativas, el resultado final ha sido más que satisfactorio. Hemos visto maravillas de la naturaleza, hemos compartido en familia la experiencia de una forma intensa y, generalmente, agradable, pese a las lógicas tensiones de la convivencia, nos hemos sentido grandes y pequeños a la vez recorriendo parte de un continente tan espectacular, hemos vuelto a casa agotados y felices de la experiencia.
Es grato, viajar. Creo que se trata de una de las mejores actividades a la que destinar una parte de nuestras vidas. Nada que ver con la forma prefabricada que te ofrecen en las agencias, por mucho que te permitan visitar destinos "seguros" sin el riesgo de medrar por otros lugares aparentemente sin tanto "interés". Pero, de esa forma, muchas de las imágenes que ahora impregnan nuestra retina hubieran permanecido desconocidas para siempre. El ideal, claro estar, sería disponer de unas cantidades ilimitadas de tiempo... y dinero. Mientras circulábamos por cualquiera de aquellas interminables lineas rectas que cruzan los vastos parajes americanos, nuestra imaginación se dejaba llevar por la fantasía de, en un futuro, regresar solos en pareja para recorrer, a lomos de una Harley, la legendaria "Ruta 66", con el mínimo equipaje indispensable y el máximo de ganas de experimentar la aventura. Eso sí, con el grado de confort necesario para nuestra condición.
Viajar puede tener muchas facetas. Muchos objetivos. Muchas fórmulas. Y cada uno busca la suya, e intenta hacerla realidad desde su perspectiva. Una vieja amiga me hacía llegar, hace escasos días, noticias de su experiencia en el Camino de Santiago. Una de aquellas aventuras que tengo pendientes desde hace muchos años. A pie, con la posibilidad de no descuidar ningún matiz de la ruta, con la oportunidad de ralentizar el tiempo, y las distancias, para aprehender cada uno de los parajes y cada una de las emociones que nos acompañen a lo largo del trayecto. Despacio... disfrutando de cada trago, de cada huella, de cada compañía.
Quiero llegar a mayor lo suficientemente joven como para tener tiempo y oportunidad de conocer el mundo que nos rodea. Quiero tener la fortaleza suficiente como para afrontar con garantías el reto. Quiero disponer de la libertad y los recursos necesarios como para perderme por ahí, sabiendo que puedo localizar a, y estar localizable por, las personas que me son cercanas, aunque estén lejanas. Quiero aprovechar mi tiempo para moverme por el espacio, que mis ojos y mi cuerpo, al final del camino, estén agradablemente cansados, agotados de tanta belleza y de tantas experiencias acumuladas, que -cuando llegue a puerto de una forma definitiva- pueda echar la vista atrás y pensar que esta vida, finalmente, ha sido gozosamente aprovechada...
Quiero viajar.
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