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Simplemente un hombreBartok's page - Sentimientos, inseguridades y contradicciones de simplemente un hombre...
9/4/2008 FracasadoSiento que he fracasado. Que el rumbo que he marcado para mi vida, que los esfuerzos que he hecho durante todos estos años para mantenerlo, no han servido sino para llevarme a un páramo desolador, en el que no hay nada en el horizonte que me sirva de guía, de norte y de consuelo. Ando por andar, por no estarme parado, porque es lo único que he sabido hacer a lo largo de todos estos años.
Soy subjetivo. A propósito. A propósito, olvido multitud de recuerdos positivos que también han plagado este tiempo. Y lo hago, porque se mezclan dolorosamente con otras circunstancias de mi vida, en las que siento que no supe estar a su altura. De ahí el fracaso.
Tenía planes para mi vida. No eran unos grandes planes, eran las normales expectativas de cualquier adulto cuando abandona el entorno familiar para vivir por sí mismo. Tenía a mi lado la persona con la que quería vivirla. Tenía una envidiable estabilidad laboral. Tenía ilusión, fuerza. Pero me faltaba la capacidad de adaptación necesaria para saber cómo moldearme a las variaciones que trae implícitas la vida. Sobre todo, la vida en común. Miedo. Por mucho que lo quiera disimular con eufemismos. Un miedo atroz a vivir, a vivir de verdad. Y me empeñaba en ser yo el que moldease la vida, y la de quienes me rodeaban, a mis necesidades de supervivencia.
Naturalmente, tarde o temprano aquello tenía que estallar. Y estalló. Como una voladora controlada, finalmente no hubo víctimas mortales. Tan sólo daños colaterales, de los que todavía me vengo (nos venimos) reponiendo. Y recomponiendo. El miedo sigue. Un miedo impreciso a los cambios, a cualquier cosa que no pueda controlar o no conozca. Puedo ¿vivir? el resto de mi tiempo de esta manera, consciente de que no resulta una vida plena.
Lo único que parece hacerme mover es un miedo mayor. Y me avergüenzo de ello. Porque me gustaría ser capaz de cambiar esta manera de actuar. Pero me falta también claridad de ideas. Saber de verdad lo que quiero, y por qué lo quiero. Y ser consecuente con ello, ir a por ello consciente de lo que pueda representar y preparado para ello, porque tenga la completa seguridad de que es lo mejor que puedo hacer con mi vida. Pero... el conformismo, las circunstancias, la supuesta seguridad de lo conocido son un lastre fundamental para ello.
No puedo, ni quiero, finalizar este texto con infundadas expectativas de cambio. Lo que hay es lo que hay. Y, si en algo puede modificarse a mejor mi planteamiento de vida, estoy convencido que sólo puede ser fruto de alguna futura explosión, que vuelva a dejarme desnudo y aparentemente desamparado. El sufrimiento te hace fuerte, dicen. Y puede que, en determinadas circunstancias, sea verdad. Pero, a poco que se pueda, muchos como yo preferiremos evitarlo...
(Esta entrada ha dormido durante largos días en forma de borrador, incompleta, hasta que hoy me he decidido a completarla. Corresponde a un momento anterior especialmente negativo y, aunque el tono y el sentido inicial puedan haber variado levemente, he procurado respetar el sentido más profundo de las ideas que quise expresar entonces. Porque, aunque hoy pueda no sentirme tan cercano a ellas, siguen estando intactas en mi interior.)
8/14/2008 Cerrado por vacacionesBajo persianas y cuelgo el cartel de "cerrado por vacaciones" en este espacio. Hace tiempo que no escribo nada, y cada vez son menos las personas que se acercan al blog con la intención de comentar. Y no porque no hayan estado pasado cosas. Más bien al contrario. Quizás suceden a una velocidad excesiva para el tiempo del que dispongo, y no he tenido ni la oportunidad ni la tranquilidad necesarias para sentarme a escribir. O, quizás, no he sentido la necesidad de hacerlo.
Hace tiempo que Bartok y yo estamos cada vez más confundidos (vivan los dobles sentidos). La finalidad con la que surgió el blog parece resuelta, y parece necesario encontrar una nueva vía de expresión, argumentos distintos que justifiquen la permanencia de este espacio. Y no tiene tanto a ver con el número de visitas ni con los comentarios que reciba o deje de recibir. Hace tiempo que estos aspectos me son irrelevantes; el trabajo está hecho, y la cosecha ha sido la que tenía que ser. Hablo de mí, de la necesidad (supuesta) de seguir escribiendo, de seguir expresándome.
Si esa necesidad no se manifiesta, quién sabe si -a la vuelta de vacaciones- sucede con este espacio como con más de una empresa, en la que los trabajadores descubran sorprendidos que la persiana que se cerró un día provisionalmente ha quedado permanente y definitivamente cerrada. Por si las moscas, me despido aquí y ahora de quienes quieran leer estas palabras. Los que estais, seguireis estando, aunque no sea a través de este blog: ya sabemos la manera, ¿verdad? Y los que no, pero sintais que vale la pena seguir manteniendo el contacto, seguro que la hallareis. Al resto, mucho gusto en haberos conocido, y hasta siempre.
Who knows...
7/22/2008 SudokusMe gusta resolver sudokus. Me he aficionado a ellos en un momento de mi vida en el que necesitaba una actividad como esta. Un reto relativo, adecuado a mis actuales condiciones, que me concentra en él y me permite abstraerme durante un tiempo de todo lo que me rodea, siendo que no me absorbe hasta el punto de generar dependencia. Puedo dejarlo en cualquier momento, a medio resolver, en la seguridad de que podré retomarlo cuando sea sin que pierda nada de su atractivo. Un sudoku es una actividad condenada a ser resuelta, independientemente de su grado de dificultad. Conforme vas adquiriendo práctica en su desarrollo, puedes ir enfrentándote a niveles más exigentes. Como todo, exige un tiempo de aprendizaje y un cierto interés en ello. Pero cuando ya dispones de la experiencia suficiente, disfrutas cada vez que vislumbras el final de cada panel, incluso antes de haberlo finalizado.
6/27/2008 El presenteTenemos que retomar el tema de la experiencia, que es la capacidad de vivir intensamente lo que pasa en el presente, y no sólo en el sentido banal de la felicidad, de la alegría. ¿Debemos vivir también con intensidad el dolor presente? Sí, para mí, felicidad es un concepto que incluye en sí mismo la capacidad de hacer experiencia extensiva de todo, incluso del dolor. No es verdaderamente feliz una persona que no tiene la capacidad de elaborar el dolor. La experiencia del dolor es condición de la experiencia misma de la felicidad.
No es eso lo que nos venden los sonrientes rostros de la televisión.
El mensaje multimedia es una falsedad, todos están contentos. Es una obsesión y una desviación horrorosa, porque la verdadera felicidad es la capacidad de vivir intensamente la vida, y esa es la terrible incapacidad de todos los que vivimos atrapados en el mundo de la prisa. El resultado es la indiferencia hacia todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, en el presente, porque el futuro lo es todo.
Hemos cambiado el futuro por el paraíso.
Sí, y la verdad es que el futuro no existe, nosotros existimos. El futuro depende de nuestra acción, de la interacción con las condiciones. En la historia, siempre existe la experiencia de la bifurcación.
Es usted denso.
Me refiero a la posibilidad de tomar una decisión u otra. Nuestra propia identidad es el producto de una serie de coyunturas y decisiones. Y tienen mucha importancia los encuentros: si yo en lugar de encontrar a mi mujer hubiera encontrado a otra, mi identidad sería otra.
El pasado ya pasó.
Sí, pero tenía otras posibilidades, la comprensión de esta multiplicidad de posibilidades es una condición para pensar nuestro presente. En el pasado, como en el presente, no hay una lógica lineal, sino múltiple.
¿Y de qué nos sirve saber esto?
Nos da la posibilidad de determinar de una manera más precisa cualquier decisión. Lo que yo propongo es una ética del límite en contra de la ética de la desmesura, del progreso infinito. Debemos transformar nuestro presente en un presente de oportunidades. Sólo se puede tomar una decisión si hay una pluralidad de opciones determinadas y no infinitas.
(Extracto de la entrevista mantenida por Ima Sanchís con Giacomo Marramao, para La contra, en La Vanguardia del 23/06/2008)
6/20/2008 JunioAntesala de las vacaciones escolares, puerta de los meses de verano y calor (al menos, en esta parte del mundo), junio es en realidad el periodo de lo que se termina, de la incertidumbre de lo que vendrá, de un sentimiento de vacío difícil de explicar, porque recoge las ganas del final de las obligaciones y lo contrasta con la ausencia de proyectos inmediatos. Todo queda aún lejos: agosto, y el éxodo de medio país hacia sus lugares de veraneo; septiembre, y la vuelta (para entonces, ya deseada) a las viejas rutinas con nuevas expectativas.
Cambian los ritmos, con el alargarse de los días y la brisa aún fresca del atardecer prolongado, horas que invitan al paseo, a dejarlas pasar sin prisas, sin la obligación de estar pendientes del reloj, maldito reloj, porque las niñas han de levantarse temprano al día siguiente para ir a escuela. Cambian los usos, porque ellas tienen la libertad que a nosotros aún nos falta. Y, por suerte, ya no necesitan canguros, ya no les/nos hacen falta los abuelos para que cuiden de ellas, y sus mañanas se convierten en un festival orgiástico de ausencia de responsabilidades, a la espera de nuestro regreso de las respectivas obligaciones aún cotidianas.
Junio es, definitivamente, un mes raro. El mejor, si se puede escoger, para huir de todo y perderse en cualquier remanso boscoso, dejándose acariciar por la frescura de la sombra de sus árboles, disfrutando de la ausencia de tiempo marcado, huyendo (sí, huyendo) del frenesí absurdo de las vecinas verbenas petarderas y sus excesos de adolescentes sin edad, para regresar -ya renovado- cuando el verano ya es cierto, cuando el sol comienza a arder y el resto del mundo comienza a ceder al nuevo ritmo de los días acalorados, de las tardes de siesta y de la ya definitiva falta de urgencias, aparcadas hasta el final de la canícula.
Aún no he podido llegar a saber si junio me gusta o no...
6/17/2008 Tres añosTres años, hoy. Doscientas diez entradas, con esta. Mil ciento setenta y cinco comentarios, en este tiempo. Veinte mil sesenta y seis visitas, hasta este mismo instante. Pero eso no es importante. Cuarenta y cinco contactos en mi messenger: en este tiempo, muchos entraron y bastantes salieron. Pero eso sigue sin ser lo importante.
Lo que realmente valoro de estos tres años de vida de Bartok es ese pequeño, pero valiosísimo, puñado de personas con las que se ha establecido en este tiempo un vínculo verdadero, una relación durarera, una amistad cierta. No ha sido ningún esfuerzo llegar hasta aquí, porque el resultado ha valido completamente la pena.
Muchas vivencias en el camino: un viaje a Chile, otro a Canarias. Contacto directo, abrazos y sonrisas vividas y compartidas con unas pocas de esas personas a lo largo de estos tres años. Y más que vendrán. Experiencias íntimas, guardadas en el recuerdo aunque expuestas en su momento; vivencias azarosas, buenos y malos tiempos; la vida de un hombre, simplemente un hombre, que mantiene aún cada día la ilusión por aprender, disfrutar y compartir.
Gracias por estar ahí...
6/2/2008 Kit katAún conservo en mi retina multitud de imágenes de los paisajes recorridos en este largo fin de semana pasado en Las Palmas. Pero lo que se mantendrá por tiempo en mi corazón es el cariño recibido, en estos tres días, de dos personas especiales que me acogieron en su casa y dedicaron todo su tiempo a hacer mi estancia en la isla tan agradable como fuera posible. Y lo ha sido en abundancia. Con ellas, y gracias a ellas, he podido conocer una buena parte del territorio que les vió nacer; me han hecho vivir la experiencia de su tierra, participar de sus costumbres, apreciar sus paisajes, abruptos a veces, a veces insospechados vergeles.
Lo mejor, con todo, no estaba fuera. Lo mejor ha sido la convivencia. Cada una de las dos, a su manera. Pero las dos con el único objetivo de hacer que disfrutara de mi estancia entre ellas. Abrieron su casa, compartieron todo lo que tenían y me han ofrecido tanto cariño como es posible recibir sin harturas. Hemos hablado, hemos reído, hemos pasado tiempos de silencio en el vehículo que nos llevaba de una punta a otra de la isla. Y, al despedirme esta madrugada de ellas, he tenido que hacer esfuerzos por evitar que las lágrimas saltaran de mis ojos por la emoción del momento. "Eres especial", le dije a Caro, y no sé si ella es consciente de hasta qué punto lo es. "T'estimo", se despedía Marta, mientras un beso volaba desde mi mano abierta hacia ellas a las puertas del aeropuerto.
Unas horas antes, además, había tenido la oportunidad de conocer y departir con su gran familia. Grande en calidad humana, que no en cantidad. Pepi, la madre que, en cierta medida, todos desearíamos tener. En el fondo, sabía ya cómo era ella, nada más de visitarla en su espacio y leer su forma de expresarse. Lo único que hizo fue ratificar mi impresión al respecto de ella, mejorándolo desde su sabiduría repleta de vivencias pasadas y presentes. Con ella, la fugaz presencia de su hijo y el sorpresivo encuentro con "los gemelos", dos encantadoras personas que han dejado un más que agradable recuerdo en el corto tiempo que compartimos en el piso de Pepi, entre escenas en ocasiones dignas de las mejores películas de los hermanos Marx.
Y, más tarde, allí estaban Patri y su "pequeña" familia, cinco entrañables personajes que calaron también hondo en el transcurso del reposado paseo por el centro de la capital. Las tres hijas del matrimonio, cada una con su peculiar forma de ser, cada una de ellas con una forma diferente de mirar: la vitalidad de la pequeña Natalia; la profundidad de Verónica, la mediana; la claridad de Noelia, la mayor. El fruto de un trabajo muy bien hecho, de unos padres con los pies en el suelo y la mirada puesta constantemente en sus hijas. Mis felicitaciones más sinceras a los dos.
Mañana vuelvo a la vida cotidiana. Aún ahora oscilo entre la agradable realidad familiar y todas las experiencias vividas en estos tres días. Ha sido el mejor respiro, un auténtico Kit kat con sabor a bollitos y a chorizo de Teror... una mezcla improbable en el gusto pero imborrable en el recuerdo.
Jo també t'estimo, Marta. Gracias a las dos por vuestro cariño.
5/28/2008 La montaña sigue sin perdonarVuelvo a estar roto, lleno de rabia y de pesar. Hoy me llegaba la noticia del accidente de un compañero durante la celebración, el pasado domingo, de la Travessa del Montseny. Llovía a mares, me han explicado quienes estuvieron allí, y el terreno estaba complicado. Subiendo hacia Agudes, Toni, un compañero de la UecAnoia, tuvo un traspiés y cayó barranco abajo 30 metros. Sin opción. A partir de ahí, la información mediática puso en relieve, por primera vez en 33 años, la existencia de la prueba, para dar debida cuenta del fatal accidente.
Conozco bien la Travessa. No en vano, he participado en ella en seis ediciones desde el 2001. Y sé que el camino hacia Agudes, sea cual sea la opción escogida, tanto remontando els Castellets como por el camino "fácil", no está exento de riesgo. Un riesgo que los habituales montañeros de la zona, que cada fin de semana se citan allí para ascender debidamente equipados y pertrechados según sean las condiciones meteorológicas, saben cómo controlar. Pero los que acudimos, semana tras semana, por el gusto de caminar por montaña, a cada una de las diferentes pruebas del campeonato, solemos participar con un equipamiento estándar, en función del objetivo que cada uno se marca y de su propia experiencia.
No somos ningunos locos. El compañero fallecido era lo suficientemente veterano, a sus 59 años, para saber dónde se metía. Tampoco la organización se lo impidió, ni a él ni a ninguno de los participantes que continuaron camino de les Agudes desde el control de Sant Marçal. Otros muchos, me han contado, decidieron abandonar allí o, incluso, antes de la ascensión a Matagalls. Como acostumbramos a decir, a la montaña se va a disfrutar. Y si no estás bien, o las circunstancias no son las mejores, ya habrá otras marchas en las que participar. Pero la asunción del riesgo es algo absolutamente personal, y todos llevamos dentro ese inadecuado sentido de la confianza que nos hace pensar que no nos ha de pasar nunca nada. Hasta que pasa.
Ocurrió en les Agudes. Como podría haber sucedido en cualquier otro sitio. Y le pasó al Toni. Como podría haberme sucedido a mí mismo en incontables situaciones. Un mal paso, un traspiés cualquiera, un segundo de despiste, un error de cálculo, y nos vamos montaña abajo. Pero pasó allí, en les Agudes. Recuerdo mi primera participación en la Travessa, en el 2001, siguiendo la estela de los marchadores que llevaba por delante, sin tener idea de por dónde me estaba metiendo. Ya había superado algunos pasos aéreos previos, cuando llegué al punto en que el camino se desdobla y me encontré subiendo los Castellets sin saber lo que estaba haciendo. Usando manos y pies, pude superar aquel territorio para jurarme a mí mismo que nunca más volvería a pasar por allí en futuras ediciones.
Pero es que la alternativa no es mucho mejor. Al año siguiente, con la experiencia de lo sucedido en la anterior edición, una vez llegado al cruce conflictivo, decidí probar la otra opción, menos aérea pero mucho más larga. Total, para encontrarme -como tantos otros compañeros han experimentado- con el famoso paso de la cadena y los dos puntos tan aéreos, casi al final del tramo. Es evidente, cuanto más riesgo percibes, más empeño pones en tu propia seguridad y en la de los que te rodean. Pero no dejaba de pensar que en cualquiera de esos puntos algún día podía suceder una desgracia.
Al final, ha sucedido. Toni, tu ausencia nos pesará siempre. Imagino a tus compañeros de club, con los que hemos compartido tantas marchas y tanta rivalidad amical, destrozados con tu pérdida. Imagino a tu familia, una familia como la de cualquiera de nosotros, habituada hasta el domingo a nuestras salidas a montaña y a vernos volver de nuestras pequeñas locuras, después de noches sin dormir o de días de lluvia, como el de ayer. La nuestra es una gran familia, unida por los lazos invisibles de nuestra común afición. Y cuando una familia pierde a uno de sus miembros, todos lloramos su pérdida.
Descansa en paz, Toni...
5/26/2008 Un respiroNecesito un respiro. Los últimos tiempos están siendo un "tour de force" profesional, con los cambios acontecidos en la oficina. Ya llevamos un mes así, y no consigo ponerme al día de mis obligaciones. Además, la situación económica en general está provocando que una parte importante de mi tiempo y de mi esfuerzo se pierda en la compleja tarea de atender y controlar las situaciones de riesgo que se producen cada mes. En las últimas dos semanas he tenido que dedicar tardes a mi trabajo, cosa a lo que ya no estaba acostumbrado desde hacía años. Sé, lo he dicho siempre, que soy un asalariado afortunado en relación a otros muchos trabajadores que mantienen horarios más prolongados que el mío o que, simplemente, lo tienen partido. Pero el nivel de presión de mi puesto de trabajo, las exigencias y obligaciones que me (que nos) llegan diariamente, tanto de arriba como de abajo, tanto de mis jefes como de mis clientes, son cada vez mayores.
Necesito un respiro. Estoy perdiendo el humor, estoy perdiendo la ecuanimidad, estoy -incluso- comenzando a perder los papeles. Y lo peor de todo es que lo veo como un camino sin salida, como una dirección única para la que no hay retorno, porque todo lo que estamos viviendo ahora nos lleva irremediablemente a un tipo de atención que no es la que solía ser. Y comienzo a ver que, en todos estos años, no sólo no soy respetado por mis clientes sino que me siento literalmente utilizado. Tanto por unos como por otros. Y me dan ganas de abandonar, de dejar perder mi posición de tantos años para huir hacia cualquier otro destino en el que no me conozca nadie, en el que sea un simple empleado más y pueda desarrollar el trabajo que se supone que tengo que hacer sin el condicionante de ser tan conocido.
Necesito un respiro. Hasta tal punto que soy incapaz, a cuatro días de mi marcha, de entusiasmarme por el inminente plan de un fin de semana largo en Las Palmas y la estancia allí junto a unas amigas de este mundo nuestro de internet. Y sé que, en cuanto esté montado en el avión, podré dejarme llevar finalmente de la ilusión del encuentro y la expectativa de esos días. Por mucho que sea consciente (que lo seré) de que, a mi vuelta, las cosas en la oficina estarán igual o peor que como las deje el jueves próximo. Pero, pese a eso, quiero disfrutar al máximo de este viaje. Lo necesito.
Necesito un respiro. Necesito poder volver a dormir por las noches sin desvelarme por las circunstancias del trabajo. Yo, que siempre había alardeado de ser capaz de dejarme en la oficina la cabeza de trabajar, en estas últimas semanas doy vueltas en la cama al ritmo de todo lo que me revuelve la mente en relación a la oficina. Tú lo que necesitas es una terapia de choque, me dijo la otra noche mi pareja. Y hasta tal punto se aplicó en la terapia, que aquella noche dormí como un infante. Que yo, por mí, repetiría de esa terapia todas las noches, pero estas cosas mejor tenerlas por placer que por necesidad. Quiero volverme a dormir tranquilamente por las noches, con polvo o sin él, sabiendo que el sueño reparador ha de servirme de algo, y que no me voy a despertar por las mañanas deseando que nunca más se haga de día por no tener que volver a mi trabajo.
Necesito un respiro...
5/17/2008 Nuestras vidasNuestras vidas se van tejiendo entre la trama del azar y la urdimbre de nuestras decisiones, con hilos de experiencia...
5/12/2008 Es lo que pasa...Cuanto más control, menos orden... cuanto más orden, menos control
Es lo que pasa.
5/9/2008 Días y floresSi hay días que vuelvo cansado,
sucio de tiempo,
sin para amor,
es que regreso del mundo,
no del bosque, no del sol.
En esos días,
compañera. ponte alma nueva
para mi más bella flor.
El próximo lunes serán 23 años. Te quiero.
4/18/2008 ¡Manifiéstate!Un mensaje para el/la visitante silencioso/a que está repasando mi blog durante estos días:
¡Manifiéstate!
4/12/2008 LlueveLlueve. Esta tarde, de repente, ha comenzado a llover, y aún cae agua del cielo. Suavemente. Sin crispación. Como si fuera la cosa más natural del mundo. Después de tantos días, después de los ríos de tinta vertidos, después de tantas palabras desperdiciadas, después de tantos conflictos aún pendientes, ha vuelto a llover. ¡Y si tan sólo sirviera para sentirnos un poco más humildes, para vernos algo menos importantes, para hacernos más responsables!
En estos últimos años, no dejan de alzarse voces concienciadoras del papel del ser humano en el equilibrio de la naturaleza: el efecto invernadero, la pertinaz sequía, la disminución de los glaciares, el agujero de la capa de ozono... son consecuencias, nos dicen, de la acción perniciosa del hombre contra su entorno. Y es innegable que nuestra sociedad tiene una buena parte de responsabilidad en los acontecimientos que vienen sucediéndose en este entorno. La sobreexplotación de los recursos naturales, el descontrol en la emisión de gases industriales, la masificación de las conurbanidades, la falta de concienciación ecológica, son algunas de las muestras del efecto negativo que ejercemos sobre el planeta. Y de todas esas circunstancias hemos, naturalmente, de ser conscientes y actuar en consecuencia para defender nuestra pervivencia, la del resto de las especies y la de las generaciones venideras.
Pero corremos el riesgo de siempre: el de creernos el centro de la creación, el de considerar que nuestro dominio sobre el entorno es incontestable y definitivo, cuando en realidad seguimos siendo una más de esas especies que pueblan el planeta, sujetas como todas a las variaciones climáticas que -durante miríadas de años- se han venido sucediendo sobre la faz de la tierra. Las eras glaciares han sucedido a otras de sequía; los continentes -dicen los científicos- van a la deriva; la actividad sísmica y volcánica aún sorprende y destruye poblaciones enteras; cualquier ínfima modificación en el delicado equilibrio de las órbitas planetarias podría ocasionar el colapso de la vida en la Tierra tal y como la conocemos... hasta que el final del universo, sea como sea que se presente, apague para siempre la luz de este inmenso escenario.
Ojalá y esta lluvia nos traiga también conciencia de nuestra real dimensión y responsabilidad en este mundo.
3/31/2008 La muerteEn mis más íntimas y duras pesadillas, mis hijas son arrolladas por un vehículo o caen por un precipicio, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Son, a menudo, sueños que me revienen aún despierto, medio adormecido, casi como si los convocara involuntariamente. Y necesito hacer un esfuerzo de mentalización para alejar tamaños pensamientos de mi cabeza, espantado por las imágenes que la cruzan. La pervivencia de los hijos respecto de sus padres es un hecho natural y deseable para cualquiera. Y la idea de unos padres enterrando a un hijo nos provoca una sensación de tristeza, a menudo indescriptible, para aquellos que lo somos y podemos compartir el horror de esa misma situación.
Pero... es curioso, en mis pesadillas, jamás mi mente fuerza la visión de la muerte en sí misma. Se para en la causa necesaria, en el hecho inevitable que ha de dar por sentado el trágico final. La muerte se queda a las puertas. A lo largo de mi vida, así lo he sentido con todos y cada uno de los fallecimientos de familiares y conocidos que han ido sucediendo con el paso de los años.
Esas muertes, en su inmensa mayoría, han resultado siempre "naturales": consecuencias de una edad avanzada, de una enfermedad irremediable, de un proceso lógico. No quiero decir que no lamente esas defunciones, que no me apene por quienes fallecen y sus familiares directos. Pero no puedo evitar una cierta frialdad ante el hecho en sí. Incluso, podría pensar que se trata de una aversión ante la muerte como concepto, una incapacidad para asumir y aceptar su presencia. En cada caso, siempre he tenido aquella misma sensación de que la muerte se quedaba "a las puertas". Que no golpeaba mi alma, pese al vínculo tan cercano con algunos de esos difuntos.
Conservo un recuerdo de mi más lejana infancia, relativo al fallecimiento de mi abuelo materno, en su casa de toda la vida, en el pueblo al que cada verano íbamos a pasar uno de los meses de vacaciones escolares junto con mis padres y hermana. Aquel viaje fue diferente, mi abuelito se estaba muriendo. Hicimos el largo viaje hasta tierras jienenses, para que mi madre pudiera asistir a su padre, junto a sus hermanas, en aquellos últimos días. Recuerdo aquella habitación donde reposaba mi abuelo; pero no sé decir si ni siquiera me dejaron entrar a verlo, o si fui yo el que preferí no entrar allí. En cualquier caso, una de esas noches, de madrugada, mi madre se acercó a la cama en la que estaba durmiendo, me despertó dulcemente y, simplemente, me dijo: "El abuelito se ha muerto. Sigue durmiendo".
Como el niño obediente que siempre fui, aquella noche seguí durmiendo, como las anteriores y las siguientes. Pero, al día siguiente, durante la ceremonia religiosa y el pésame de los vecinos y allegados a la puerta de la iglesia del pueblo, tenía clara conciencia de mi posición como "el varón" de la familia, por la ausencia de mi padre. De pié, allí en mi lugar de la cola, iba estrechando manos tras manos, la mayoría de las cuales no significaban nadie para mí. Pero era lo que tocaba hacer entonces.
Ya anteriormente había visto algún cadáver, con la natural curiosidad que lo desconocido incita en cualquier infante. Aquellas tías abuelas estiradas en sus lechos de muerte no provocaban en mi interior mayor rechazo del que algunas pesadillas de aquella época despertaban en mí ante la idea de una repentina recuperación de los difuntos imaginarios que poblaban esas noches. Más me costaba aceptar esas imágenes, por imposibles, que las visiones reales que las alimentaban.
Desde entonces, otros familiares han ido "naturalmente" dejando este mundo. La semana pasada, uno de mis tíos en Madrid. Hoy mismo, una prima segunda, joven, enferma de cáncer desde hacía meses. La muerte, siempre a las puertas. El fallecimiento de mi suegro, por proximidad, por vinculación afectiva, por auténtica estima, fue quizás el más sentido de los casos vividos. Por suerte, en la lógica sucesión genealógica, mis padres y mi suegra siguen vivos, así como todos sus descendientes. Pero llegará el día, llegará un día, en que -si se mantiene esa misma lógica- mis ascendientes dejarán este mundo y la muerte volverá a llamar a la puerta, volverá a ponerme en el brete de hacerme descubrir qué parte de mí se impondrá, si la lógica o el sentimiento.
Puedo pensar que cualquier desgracia en mi familia íntima, la que convive conmigo en nuestra casa, sería algo tan inabordable que prefiero no planteármelo siquiera. Y no es la muerte en sí algo que me atemorice. Al menos, a priori. Lo peor es la ausencia, el pensamiento de no volver a tener en mis brazos a mis seres queridos. Por eso, mi propia muerte no me da miedo. Ese día, simplemente, la muerte abrirá la puerta, me cogerá de la mano, y me llevará con ella...
3/30/2008 Noche mágicaNoche de concierto. Ambiente de fiesta. Ilusión y expectativas. Los primeros en la cola. Entradas en mano. Escaleras arriba. Apolo. Barcelona. Iluminación tenue, roja. Suelos de madera, aires de antaño. Frente al escenario. Un beso especial. Espera. Soy un caballo. Él y ella. Humor belga. Guitarra y bajo con vibráfono. Chimenea sin calor. Aplausos con calor. Très jolie. Más espera. El rojo es negro. De negro a luz. Piano magic. Cinco actores. Una guitarra a medio metro. De nuevo, la música. Part monster. Pero St. Marie. Energía y calidez. Magia in crescendo. Energía y calidez. Sonrisas cómplices. Bises obligados. Pedales a cuatro manos. Final irremediable...
Noche mágica. Sí. Tú y yo.
3/15/2008 CorriendoMe gusta correr. Me gusta la sensación de la velocidad. No me refiero a la conducción temeraria de vehículo | ||||||||||